Andrófagos
Un día la nostalgia te va a comer por una pata, dice mi abuela, moviendo los hilos desde el balance.
Hay que abrigarse, por si el alud nos derrumba el techo. Con eso se refiere a la memoria.
La memoria es la moira del acto seguido, la que se guarda en la pupila cuando mi abuela pone los
ojos en blanco y suelta frases como:
“Deja que crezcas con dos mujeres tirando de ti.”
O: “Algún día hablarás demasiado sobre la nostalgia. ”
Yo la ayudo a desenredar su carrete de iris mientras teje por dentro frases que nunca diría.
Porque soy solo una niña, y para ella los niños son la última consecuencia de pensar.
Nunca hablé de la nostalgia hasta ahora, que corre peligro.
La metáfora del hombre sigue viva gracias a la dimensión épica de la lágrima y otros cuerpos
cavernosos.
La nostalgia es un animalito más, domesticado por el regaño de la mamá de mi mamada a la teta de
la hija de mi abuela.
Ahora mismo me da hambre.
Lo que me va a comer se parece a un aullido, algo que ronda los bosques como un grito visceral.
Eso me sacará la inmundicia abrevando en lo difunto.
Puntada, nudo, puntada. Todo línea recta.
Leo el manual para sacar del blanco los ojos de mi abuela —épicos, epilépticos—.
Ya he perdido el miedo a que se tuerzan hilos, incluso los que me dejan penitente:
“Hoy no saldrás hasta que aprendas de memoria los productos del hombre.”
En pos de mi eficacia, el grito.
Acaso la nostalgia no es el animal que huye del monstruo aproximado, y brinca la yarda de
urdimbre intentando que la huella sobre la córnea nos reconozca?
Sí: la huella de la córnea del celular que nos pusieron.
Para desollar un nudo acerco el rostro a la interfaz hasta no verla.
Así entro a la app que configura la memoria de mi abuela, alucinando al extremo.
Froto mi cara con la intención de ablandarla por dentro.
A ninguna app le gusta la mala cara de mi abuela.
Por eso soy un paria.
No tengo amiguitos.
Mi mundo es de memoria, y la única que tiene tecnología es ella.
No me juzguen: acabo de comprarme una abuela online con el dinero que le hackeé a mi tutor.
Digo tutor porque el único miembro de mi familia soy yo.
Todos murieron.
Por eso la nostalgia se esconde de mí: corre peligro.
Eso que me va a comer por una pata, hasta el nudo de la garganta, es historia no contada.
Hasta hoy, que morirá la nostalgia.
Algo que pierdes en un tiempo límite donde dejas de respirar mientras respondes a la vida; algo que
excede las ganas, incluso las de ir a una fiesta de barrio.Mi abuela hoy no me dejará salir.
No me ha llegado el robot de mi abuela.
No me muevo de la entrada del orfanato hasta que la memoria me haga un delivery al buzón.
Estoy a punto de pedirle a plazos un abrigo a las moiras, que ahora están de vacaciones en el humor
vítreo de mi abuela.
Nostalgia, moiras, hoy no hace sol en los ojos de mi abuela: están en blanco, blanco flash.
Compré con los ojos muy juntos.
Tronco de frío refugia lo que sueño ahora mismo:
soldados sin hogar, exiliados al cuerpo del telamen.
Niños que no saben hackearse a alguien que los quiera.
Un día la nostalgia dará las vueltas suficientes a un nido.
Criará dolores como si fueran algo propio.
Y nos comerá por una pata.
Pienso,
abrigo mis ideas libres de entusiasmo.
Ya luego veré cómo pago esta deuda histórica de memoria.
La nostalgia es la fábula de un animal presente.
Algo que espanta a los niños como yo,
por estar tan cerca —y tan pedestres—
a la superficie.
Obra:
Juan Miguel Pozo
“La Dama de la Nube”
Acrilico, óleo, spray y collage sobre lienzo
2011
180 x 150 cm


Por fin un poema bueno aquí. No suelo ver muchos aquí que no pasen de pensamientos inconexos. Me agrada la idea de “la nostalgia como animal presente”.
Esto no tiene el aprecio que merece. Debo haberlo leido ya 5 veces. Es alucinante