Micciones
—¡Niña, deja de bajarte el pantis delante de la gente! —grita mi madre, y yo solo pienso en aquella lección de Gramáticas Libres de Contexto en la que acabo de ser desaprobada: por la maestra y por mi madre, que también me deseduca, intentando desaprobar lo que hago.
—¡Me meo! —rebuzno, mientras su mano tira de mi ropa interior en dirección contraria a la mía.
—¡Si te atreves a mear en el bus, el señor de la barba blanca te va a regañar!
Como si fuera poco su regaño, señala al chofer, que mira con desprecio mi pelvis marcada por el elástico de estos pantis que te dividen en dos para acostumbrarte a esa forma de estar en el mundo desde que naces.
Genuflexa’s Pants, leo la etiqueta en inglés, y entono el himno nacional por si las ganas de bajarme de este viaje con ironía enemiga me corrompen. Olvido las notas, pero bailo la Macarena con las tetas que me pegó una mujer, en la frente y oprobio sumidas. Tetas mefísicamente desatadas por la gravedad y el calor que derrite a cualquier miembro partido y comunista de este baño público que creo ahora en mi mente.
No pertenecer: arrancarme la ropa interior de raíz y mearlo todo con la libertad que me quitaron con intención. Quién sabe, o quién tú sabes.
Pero me asalta una duda —o un Moncada, que es tan falso como la duda. Volteo a mi madre:
—¿Ya no pagamos para que nos soporte en el bus que no es de él? —la entretengo, aún intentando bajarme la tela.
Santa Claus se parece al chofer, y este a la miseria de nuestros rostros cansados del mismo paisaje: escuela, trabajo, fusil.
El fusil lo pongo porque ahora mismo es lo único que faltaría para que un bus sea la guerra necesaria de cada día, y yo, el mártir que está por verter su sangre. No es precisamente eso lo que se me está saliendo mientras aprieto las piernas y las palabras, pero se me ponen rojas las mejillas. Por algo será.
—¡Niña, hazle caso a tu madre! —dice un tipo con cara de haber dormido toda su vida. Le cuelga una baba espesa desde la comisura hasta el tercer botón de la camisa.
Enseguida pienso: ¡Está enamorado! Pero al verlo manotear de lejos, como si quisiera amedrentar, siento que lo ha dejado su novia y quiere desquitarse con alguien. Por eso lo ignoro.
¡Señor, pataléese por su propia vida!, pienso, pero no me salen las palabras.
Bajarse los pantis en público e intentar hablar al mismo tiempo es muy difícil, sobre todo cuando lo que quieres hablar es de caramelos, frituritas de malanga y cosas de comer, porque apenas te alimentaron el alma ese día. El alma suena como las tripas cuando llegas al vacío, y hasta vergüenza te da cuando lo hace.
—¡Debería ofrecerle el asiento a la vieja que tiene al lado! —contesto. Al fin me salen las palabras.
La vieja, sintiéndose aludida, reacciona:
—¡Debería darle un bastonazos! —así, en singular y plural al unísono, como si uno no estuviera ya confundido con la sintaxis y los choferes.
Entonces pienso: esta vieja no está tan jodida cuando le quedan golpes que darle al camino y a la gente. Pero me arrepiento de lo que dije y mantengo la seriedad, por si sirve de algo.
Al tipo le entra un miedo tremendo. No por el golpe de la vieja que quiere el asiento, sino porque su dentadura postiza está a punto de caerle sobre la camisa nueva. Se levanta del asiento de un tirón. La baba cae a sus zapatos recién comprados. Su amor desciende hasta besarle los pasos, y le dice hasta “abuela”, aproximándola a su familia como si la conociera de toda la vida.
Tengo una capacidad tremenda para crear pataletas que no me pertenecen. Sólo que, cuando empiezo, no sé cómo terminar. A veces sí: motivos de fuerza mayor. Un bofetón de mi madre, un calambre en el pie, sobornos con chucherías. O el guiño de Alejandro, el amor que me inventé para que Fátima, mi compañera de aula, no me toque las tetas como excusa en la clase de anatomía.
—¡No aguanto más! —grito.
Y una mujer embarazada me responde:
—¡Contrarrevolucionaria!
Le miro la panza atragantada de los hijos de la matria que alimentará con su absolutismo, y siento la más profunda de las penas: ser una descendencia normal y sana. Parir con salud es aberrante, agradecer la maldición heredada. No soporto el masoquismo de antaño.
Al final, termino orinando en una bolsa de polietileno que matará a los peces exportados que no llegarán a mi boca, no por el maltrato medioambiental, sino por el bloqueo. Cada vez que pienso en esa palabra me tambalea la lógica como un edificio arriostrado. En este país al hambre le llaman bloqueo. Qué ganas de desbloquear un caramelo hasta su parte blanda.
La bolsa tiene un hueco, y mientras mi madre la expulsa por la ventana del vehículo, va rociándolo todo: espejuelos, pelucas, uñas postizas, alpargatas, cucuruchos de maní, biblias y entrepiernas.
Todos se quejan con un ruido uniforme:
—¡Manda pinga!
La pinga, en este sitio, representa el cóito ergo sum de los hombres.
Después de bajarme los pantis y ser lanzada por la ventana junto con la bolsa, todos me miran.
Cierro las piernas,
me bajo la falda,
termino de orinar al fin.
Sí, como lo oyen: oriné durante todo el cuento.
He pensado todo esto orinando.
Veo, entre mis muslos, el mundo invertido. Todo se diluye en el asfalto, formando un humo que me tapa la cara, a través del cual logro sacar la lengua.
Ocultar la lengua es encerrar a un pajarito, pienso.
Los que siguen mirándome desde sus ventanas entonan sus rostros como sepultureros, como aves de paso,
mojadas.
(Foto hecha por mí)


Pantis que te dividen en dos… Una tesis encarnada.
La urgencia, el control y el bus como el archipiélago. Tremebundo.
Realismo-Sucio-Surreal-Explícito.
Tremenda.
Los autobuses y las lluvias doradas, casi me pierdo mandarte unas risas. Ríos calientes no al gusto de todos. 😝